Urueña, en la meseta castellana, estuvo a punto de convertirse en un pueblo detenido en el tiempo. Con apenas un centenar de habitantes, decidió convertir su patrimonio histórico y cultural en motor de vida. La apuesta por los libros, la creación artística y la rehabilitación del casco urbano devolvió actividad constante al municipio.

Hoy, Urueña no solo conserva población, sino que atrae visitantes, creadores y proyectos culturales. La recuperación del espacio público y la identidad local ha generado empleo estable y una vida comunitaria activa que demuestra que la cultura también fija territorio.
En la montaña lucense, A Fonsagrada sufrió durante décadas el éxodo rural y el envejecimiento poblacional. La recuperación de rutas tradicionales, el turismo de naturaleza y la puesta en valor del paisaje atlántico interior marcaron un punto de inflexión para este municipio.

Senderos, ferias locales y servicios ligados al entorno natural generaron nuevas oportunidades económicas. A Fonsagrada logró atraer población joven vinculada a proyectos sostenibles, demostrando que la naturaleza bien gestionada es una aliada frente al abandono.
En la Serranía de Ronda, Genalguacil decidió convertir el arte contemporáneo en herramienta contra la despoblación. Cada dos años, artistas de todo el mundo intervienen el pueblo, dejando obras permanentes integradas en calles y fachadas.

Esta iniciativa transformó el municipio en un museo habitado. El arte generó empleo, atrajo visitantes y devolvió orgullo a sus habitantes. Genalguacil demuestra que innovación cultural y arraigo pueden convivir y sostener el territorio a largo plazo.
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