Con más de 3.000 horas de sol al año, el Cabo de Gata sigue siendo un refugio para aventureros fuera de temporada. En noviembre y diciembre las playas se vacían, pero la temperatura roza los 24 °C. Caminar desde San José hasta la Cala de los Amarillos o pedalear por las lomas del Arrecife de las Sirenas es descubrir un Mediterráneo silencioso.

La luz dorada del atardecer convierte las rocas volcánicas en fuego líquido, y el aire salado recuerda que la aventura también puede oler a mar. En esta época del año, el acceso al faro es libre y las tabernas de Las Negras ofrecen pescado recién traído por los pocos marineros que aún faenan.
El Jerte no es solo cerezos en flor. En otoño, el valle se vuelve un corredor de cascadas y piscinas naturales que reflejan los tonos del bosque. La Garganta de los Infiernos, con su sendero circular de 16 km, es un clásico que se disfruta mejor sin calor ni multitudes.

El rumor del agua acompaña cada paso, y los saltos se llenan con las lluvias tempranas, formando pozas de un azul imposible.Lleva ropa de abrigo ligera y reserva alojamiento rural en Cabezuela del Valle o Jerte; muchos hoteles ofrecen rutas guiadas gratuitas para huéspedes.
En el Parque Nacional de Garajonay, las nieblas de laurisilva y el sol atlántico conviven en un equilibrio perfecto. Los senderos circulares entre El Cedro y La Laguna Grande son un viaje al corazón de un bosque primigenio. En la costa, Valle Gran Rey ofrece temperaturas de 27 °C y un ambiente tranquilo.

Aquí, los días parecen más largos y el tiempo, un regalo. Alquila un coche pequeño y explora los miradores al amanecer; desde el Alto de Garajonay se ven, en días despejados, las islas vecinas Tenerife y La Palma.
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