La aventura de los 4 viajes de los Reyes Magos

05/01/2020

Como cuentan en Traveler, los Magos de Oriente fueron tres Reyes cuyo famoso viaje a Belén encumbró la tradición cristiana. Pero hay hasta 3 viajes más documentados y, aún hoy en día, puedes seguirlos

 

 

 

Llegaron de Oriente, pero muchos no saben que sus reliquias fueron de Milán a Colonia en una aventura igual de mágica y apasionante.

 

Todos tenemos en la imaginación el primer viaje de los Reyes Magos, ese que, tras avistar una estrella en los cielos, emprenden desde Oriente hasta Belén. Nos acordamos menos del segundo, el de regreso a casa por un camino distinto de por el que habían llegado, despistando así a los secuaces de Herodes.

 

Y además hay un tercer viaje: el que por empeño de santa Helena y su hijo, el emperador Constantino, protagonizan los restos de los Magos en el siglo IV desde Tierra Santa a Milán. Y todavía un cuarto: el traslado de esos restos, de esas reliquias, de Milán a Colonia, en 1162.

 

La orden la dio Federico I Hohenstaufen, duque de Suabia, conocido como Barbarroja en el imaginario popular y emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Por resumir mucho los acontecimientos, Milán se había levantado contra el orden político establecido, mientras que Colonia se había mantenido del lado del emperador. Cabe pues interpretar la translatio como un castigo a los levantiscos milaneses y un premio a los leales coloneses.

 

 

Hoy quizá no, pero en el medievo las reliquias eran un elemento político de primera magnitud. Y no solo en el medievo. Del siglo XII en adelante, la ciudad de Milán reclamaría una y otra vez a la de Colonia la devolución de su tesoro arrebatado.

 

En 1903, debido a la diplomacia del cardenal Ferrari, la catedral de Colonia accedió en parte a la petición enviando de vuelta una pequeña muestra de esas reliquias al lugar donde habían reposado durante siglos: la basílica de San Eustorgio, en Milán.

 

Allí, en el ángulo más oscuro del templo, puede visitarse hoy una capillita –llamada la Capella dei Maggi– con un fresco de la Adoración de los Magos, un tríptico con idéntico motivo, un enorme sepulcro de bronce donde reposaron Sus Majestades antes de la translatio, una pequeña urna de bronce con el resultado de los buenos oficios del cardenal Ferrari y, lo más importante para el viajero, una propuesta de itinerario.

 

Escrita a máquina en un folio amarilleado por los años y encuadrada en un marco como de mercadillo, la propuesta señala trece etapas que arrancan en el norte de Italia, atraviesan Suiza, recorren Alemania siguiendo el curso del río Rin y finalizan en Colonia; el itinerario que completaron las reliquias peregrinas hace ya diez siglos.

 

Si bien hubo un tiempo en que peregrinos llegados de todas partes de Europa completaron la distancia entre Milán y Colonia ataviados con pequeños distintivos de metal prendidos en los gorros o las mantas y tiras de papel o pergamino con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, como conjuro contra los peligros del viaje, las fiebres y los encantamientos, hoy ya no sucede así.

 

 

A diferencia de otras peregrinaciones, como la Ruta Jacobea o la Vía Francígena, el trayecto de Milán a Colonia no está indicado aquí y allá con las figuras de los tres Reyes Magos, igual que el camino a Santiago lo señalan flechas amarillas o la silueta de un peregrino, el de Canterbury a Roma.

 

Algunas etapas ni siquiera figuran en los mapas –abadía de Grammont, Arisach sobre el Rin, Erfel– y en las oficinas de turismo de otras –Vercelli, Turín, Monte San Gottardo, Remagen, Maguncia...– sus responsables pondrán cara de no saber de qué les estamos hablando.

 

Y es bueno que así sea. De esta manera, celebraremos cada pequeño descubrimiento con la alegría de Heinrich Schliemann cuando encontró el tesoro de Príamo y los restos de la ciudad de Troya. Porque el trayecto de Milán a Colonia está sembrado de pistas.

Así, en Milán, aparte de la basílica de San Eustorgio, encontraremos una autoescuela llamada Tres Reyes y una pizzería con idéntico nombre y también una escuela de natación. Y veinte millas al norte, asomado al lago de Como, hay un hotelito de tres estrellas como tres coronas llamado Tre Re (Tres Reyes), con una recepcionista que nos cuenta que, no lejos de allí, en Grandate, un pueblito en las montañas, hallaremos una callecita y un letrero en el que se lee San Pos, corrupción de Sancti Pause, corrupción a su vez de Sanctorum Pause, esto es, Santa Pausa. Se trata por tanto del primer alto que hizo la comitiva portadora de las reliquias diez siglos atrás.

 

En Lucerna, Suiza, en el número 11 de la Haldenstrasse, se encuentra un pequeño anticuario especializado en adornos navideños con infinidad de figuritas de los Reyes Magos. Lo regenta un matrimonio mayor. Ella es una ancianita como de cuento de Dickens y a él nos lo imaginamos trabajando todo el año en la trastienda, riéndose así: ho, ho, ho.

 

Por Alemania, en los dinteles de madera y piedra de muchas casas y comercios, escritas con tiza, nos cansaremos de leer unas enigmáticas inscripciones: 20*C+M+B+20. El número 20 hace referencia al siglo, * a la estrella de Oriente, C a Caspar, M a Melchor, B a Baltasar y 20 al año que entra; se trata de una antigua fórmula medieval para dar la bienvenida al año nuevo y pedir a los Reyes Magos que lo colmen de prósperas bendiciones.

 

Llegados a la ciudad de Bamberg, en su catedral, contemplaremos la estatua ecuestre de un caballero en el que la tradición ha querido ver desde tiempo inmemorial a uno de los tres Reyes Magos. Y por fin alcanzamos, a orillas del Rin, la ciudad de Colonia, última etapa de nuestro viaje.

 

Allí, en su majestuosa catedral, habitan los protagonistas de una de las historias más hermosas jamás contadas, los destinatarios de las cartas de nuestra niñez, los años en que el pequeño reino afortunado de los cuartos de juegos y los libros ilustrados solo lo hubiésemos cambiado por una bicicleta. Con cuidado de no perturbar su sueño, frente al relicario de oro donde reposan, presentaremos nuestros respetos hincando suavemente la rodilla en el frío suelo de la catedral.

 

 

Y, bueno, si el ruido de nuestras pisadas o conversaciones o el flash de nuestros smartphones les despierta, seguro que se alegran de volver a vernos. Pues si en algún momento dejamos de creer en ellos... ellos en nosotros no.

 

Y nosotros que pensábamos que el Interrail era una experiencia iniciática y veraniega solo reservada para chicos y chicas recién aprobada la selectividad... ¡qué va! Interrail no hace acepción de edades ni de épocas del año.

 

Nuestro pase fue nuestro particular itinerario y con él recorrimos paisajes como los de los trenecitos con los que amanecíamos la mañana del 6 de enero. No cabe descartar coincidir en un andén o en un compartimento con tres caballeros de aires sabios y porte aristocrático, a los que juraríamos conocer de siempre, desde la niñez. Y, cuando a través de la ventanilla en marcha veamos uno de esos cargueros que surcan el Rin repletos de carbón, cruzaremos los dedos para que no sea ese nuestro regalo de Reyes.

 

Dónde comer y dormir como Reyes (Magos) 

 

Grand Hotel et de Milan

 

Punto de encuentro desde 1863 de todo Milán y de la crema de la intelectualidad mundial, algunos de cuyos más destacados miembros dan nombre a sus suites.

 

Que el lugar está cargado de historia salta a la vista. Unas recientes obras de reforma sacaron a la luz un muro de tiempos de los romanos, el cual puede contemplarse desayunando o cenando en Don Carlos, el restaurante del hotel.

 


 

 

No nos consta que los Reyes Magos se hospedasen aquí, pero sí un mandatario a la altura de su exotismo: Dom Pedro II, emperador de Brasil. Situado en la via Manzoni, a escasos minutos de las mejores tiendas de la ciudad, es perfecto para proceder al tachado de la lista de regalos de Navidad.

 

Vista Palazzo

 

El mejor certificado de calidad es que la familia propietaria –los Passera– lleva cien años dedicándose al negocio hotelero, con cuatro establecimientos en Como, siendo el Vista Palazzo la joya de la corona: cinco merecidas estrellas seguidas de una L de Lujo.

 

 

A esta ventaja cualitativa respecto al resto de hoteles del centro hay que sumarle una privilegiada ubicación: con vistas al lago, el casco histórico a sus espaldas y ocupando uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad.

 

Si los Magos no dejan en nuestros zapatos un palacio así, al menos que nos regalen un par de noches en una de sus 18 suites.

 

The Market Place

 

Situado en el interior de la ciudadela de Como, recuerda a uno de esos locales magníficos de Covent Garden con suministro diario en Borough Market. No en vano, Davide Maci, su chef, se formó durante años en Londres.

 

 

Ingredientes sencillos, adquiridos cada día en el mercado y cocinados con esmero. Como la cosa va de viajes y regalos, The Market Place conecta en sus platos mundos distantes entre sí y ofrece la posibilidad de adquirir su gift box.

 

 

Muchos más sitios aquí.

 

Fuente: Traveler

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